Después del caos de final de año, tenía que llegar la calma. Esa calma veraniega… que para mí practicamente no ha existido. Es como si aún estuviera en el final del 2011 y, este verano, es el verano menos vacacional que he tenido desde que tengo memoria, porque mi cabeza está acostumbrada al tipo estudiantil en el que el verano es sólo para descansar. Y aún así este desorden de esquemas preconcebidos me agrada.
El problema ha sido que he dejado de lado la lectura placentera y sólo me he abocado a lo obligatorio (esto puede observarse en la reducción drástica de comentarios o reseñas de libros de ficción). Es irónico que en momentos donde más estoy escribiendo, por razones ajenas al placer, también me encuentre leyendo menos.
Este fin de semana sólo me he centrado en placeres: he dormido más de lo habitual, he visto dos películas, he comido chocolate y he estado leyendo (tomando café, en el pasto bajo la sombra a pies descalzos). Como diría una amiga, esa es la felicidad de las pequeñas cosas. El mundo parece menos malo así.
¿Y cómo llegué a 84, Charing Cross Road? En primer lugar, fue una lectura asignada en el Taller de Lectura de Libros del Amanecer. Pero en esa sesión no pude asistir, por lo que finalmente me lo conseguí para leerlo después. El tiempo pasó (perdón A.) y hasta el miércoles iba a seguir juntando polvo un par de semanas más, pero encontré entre las lecturas obligatorias un comentario al libro. ¿Cómo no engancharse con una descripción así?
Anoche vi por tercera o cuarta vez una película sensacional, que tú, Pierre, seguro ya viste: 84, Charing Cross Road, casi tan buena como el libro del mismo nombre. Trabaja Anthony Hopkins y Anne Bancroft, y está hecha a partir de uno de los libros más entrañables que haya leído. 84, Charing Cross Road es la dirección en Londres de una pequeña librería de viejos a la que en 1949 le escribió la norteamericana Helene Hanff, interesada en libros antiguosque no podía encontrar en Nueva York. Se inició de inmediato una relación espistolar entre la escritoria y el librero Frank Doel, que amaba su oficio y sabía de libros como pocos. Ambos se escribieron durante veinte años, y esas cartas son el libro. Tendríamos que haber visto juntos esta película, Pierre, carta a carta. Los publicistas dicen que es la película más bella sobre libros que jamás se ha filmado. No sé si es así, pero es muy bella y es sobre libros, sobre amor a los libros.
Francisco Mouat, Algunos adioses (2010), pp. 94-95.
