Un hombre, chileno promedio, despierta en un hospital sumamente desorientado, sin saber que ha ocurrido. Lentamente, entre pequeños detalles que va soltando L., su principal interlocutor, comprende que se encuentra en una sociedad evolucionadísima bajo la Tierra.
Mientras se acostumbra a su nueva situación va conociendo a esta sociedad llamada Cronn.
El gran aspecto interesante de estos supuestos intraterrestres es que las mujeres son todas guapas y ¡ya no son reproductoras!
La reproducción en Cronn se da gracias a unas Nodrizas, unas máquinas de gran tecnología que incuban y alimentan a los bebés en gestación, concepto que no tienen nada que envidiar a la idea que se ve en Matrix. Entre otras cosas, el aparato reproductor de las mujeres de Cronn se ha visto deformado, pero siguen produciendo óvulos (¿seguirán menstruando?) que son recolectados por estas máquinas donde se inseminan de forma artificial. Las mujeres cronnias no deben preocuparse tampoco de la crianza del hijo, menos los apáticos cronnios, pues los niños son custodiados y enseñados por estas Nodrizas en guarderías hasta que cumplen la edad suficiente para insertarse a la sociedad de forma tranquila, listos para continuar su vida sin grandes conflictos. “Todos colaboran al bienestar de la colectividad. Se desconoce el egoísmo. No existiendo el matrimonio ni la familia, el cronnio es libre para hacer lo que le plazca. Siempre que no perjudique los intereses colectivos.”, pp. 114.
Claro que este esquema se tensiona al máximo pues en esta sociedad sumamente liberal sexualmente, las personas no tienen relaciones estables, como tampoco guardan sentimientos profundos hacia el otro, lo que inevitable conduce a una soterrada crítica y/o pesimismo que no exalta la nueva sexualidad mostrada. Por el contrario, marca profundamente la desolación del humano al encontrarse con estos seres con los que no logra congeniar y apenas comprender.
Mientras va progresando la novela, se va mostrando que toda esta organización es la contracara de una verdad mucho más espeluznante ligada a la identidad de los altísimos.
Hay una cantidad extraordinaria de detalles acerca del nuevo mundo y la tecnología que existe, detalles que permiten imaginarse mejor todo, pero que a ratos pueden parecer algo confusos. En ese sentido, se entremezcla el descubrimiento de la nueva sociedad con una alienación y una tristeza abismante del narrador personaje, un tono melancólico y poético que personalmente rescato mucho más que el imaginario espacial que se despliega en la novela.
-¿Usted también es hijo de las…?
-Sí, soy hijo de las Nodrizas. Aún me quedan setenta años de vida. ¡No soy una máquina! Piense: el cronnio, respecto al hombre, es como un adulto frente a un niño. De ahí que una convivencia con ustedes sea difícil. Mejor dicho, imposible. Hemos evolucionado mucho, pues nuestra ciencia no se ha diluido en la contemplación de las estrellas. El hombre se encuentra en la infancia de la civilización. Aún conserva su espíritu destructivo. Si llegaran a Cronn lo harían pedazos, como el niño que destruye sus juguetes para ver qué hay adentro, y con juguetes tales como la bomba de hidrógeno y los cohetes teledirigidos, podrían causarnos graves daños.
En la práctica, estoy en otro planeta, como había dicho A. No es el espacio el que me separa de mi mundo, sino una corteza de tierra impenetrable. En una hermética prisión. Había sido separado de los de mi especie. Mi instinto -una eternidad de ancestros y antepasados- me puso en guardia: todas aquellas raras sensaciones que experimentara en la clínica.
Hugo Correa, Los altísimos, pp. 148.