Había una vez una familia desintegrada, un amor perdido y un frío de mierda. Aquellas son las directrices de esta historia de una familia de clase media norteamericana. Pero este no es el sueño feliz norteamericano.
Charles es el joven de la familia, con un empleo de oficina el cuál le da igual mientras pueda tener algo de plata para comprar la comida día a día, empleo en el que conoce a Laura, su gran amor perdido, una mujer casada que al separarse lo conoce y con quien tienen un breve romance. Pero aún breve, es uno de esos amores que obsesionan y se repiten – entre los actos en una casa triste, un trabajo aburrido, un auto frío y el tránsito- en el recuerdo y fuga del objeto amado. Laura llena todo el mundo de Charles mundo y al irse, pierde sentido y significado la existencia.
Los otros personajes que rondan son la madre de Charles tiene ataques casi suicidas que la llevan a estar constantemente apunto de ahogarse en el baño. Su padre ha muerto años atrás y su padrastro apenas logra ser una sombra, triste e insegura, de su padre. Su hermana, estudia en otra universidad y seguramente se casará con un doctor y será una señora feliz. Por último, el gran amigo de Charles es Sam, un vendedor de chaquetas que se lamenta no poder estudiar en la universidad, quien mejor lo comprende, con el que deambulan entre bares, restoranes y su casa fría.
La historia está narrada de manera muy fluída, con una cantidad considerable de diálogos y pasajes de introspección de Charles. Las canciones, de la radio del auto, de un bar o restoran, se suceden y son importantes para ciertos estados de los personajes. Por supuesto, hay numerables citas a libros (entre ellas, era que no, El guardián entre el centeno) y películas del momento.
Woodstock ya fue, el poder de las flores se ha marchitado, las drogas no parecen ser el paraíso ya y Janis Joplin se ve como una figura lejana mientras Bob Dylan puede dar una pista secreta entre la líneas de sus canciones (pero en el fondo sabemos que eso no ocurrirá) y el destino es tan incierto como el lugar donde caerá el próximo copo de nieve.
El libro fue el primero (1976) de la norteamericana Ann Beattie, quien continuó escribiendo, según reza la solapa.
La edición española que conseguí (bendita biblioteca municipal) es de Libros del asteroide -con prólogo de Rodrigo Fresán, rico también en detalles extraliterarios-y debo mencionar que hace mucho tiempo no me encontraba con un libro tan ameno. Sí. Ameno para los ojos, hoja blanca, un diseño pulcro de tapa blanda y mucha, mucha información paratextual que hace sospechar que esta editorial hace las cosas con amor o, por lo menos, con algo de tino.
La última página se dirige explícitamente al lector, a mí, y no sólo me agradece mi lectura (“Esperamos que el libro le haya gustado y le animamos a que, si así ha sido, lo recomiende a otro lector”), invita a seguir leyendo otros títulos de la editorial (treinta y tantos hasta el 2008) sino que también da el link para escuchar parte de las canciones que aparecen en el relato por Myspace.
(El problema es que veo los títulos y sólo reconozco a Edmundo Paz Soldán, que a veces tiene una columna en La Tercera. ¿Y todo el resto quienes son?)
