• Estaba leyendo a una escritora uruguaya, en mi búsqueda de conocer más de aquellos escritores, y lo que más me gustó de su libro (nada muy excepcional) fue un fragmento acerca de un hombre ya acabado, que no entiende mucho su presente (nada excepcional, tampoco). Yo recuerdo a mi único abuelo fallecido, hasta ahora, que una vez me comentó mientras veía yo unos dibujos japoneses que él no entendía ya esos monitos, que le parecían una porquería y me sacaba a colación a Tom & Jerry como paradigma de buen dibujo. Me acuerdo que con él fui a ver Jurassic Park a un cine que ya está bajo un edificio de treinta pisos.

    Hace unos días vi Amanecer, una peli muda de F. W. Murnau, un melodrama de aquellos con tintes expresionistas y visión dualista del mundo, en la Muestra de cine clásico que se está desarrollando en el centro de extensión de la UC y que de seguro habría encantando a mi abuelo. Aún siendo muda, es una película entretenida que marca una pequeñita evolución en el personaje masculino. Mi abuelo es uruguayo y en mi fantasía Montevideo (que tiene un sector que se llama Ciudad Vieja) es como esos perros cansados que toman sol en una esquina. La verdad es que un recuerdo fuerte que tengo de ahí es a la gente tomando mate tranquilamente en las aceras, como si esperaran algo que no va a llegar.

    Esos hombres solos, arrebujados en lanas apelmazadas, tejidas por sus madres o esposas, cubiertos por boinas caladas hasta las cejas, que traían, cada mañana deñ invierno, su asimétrico envoltorio con pan edurecido(…) y tomaban asiento en un banco de madera, preferentemente con vista al lado artificial, eran justamente la precisa imagen de lo que Valdivia aspiraba a ser algún día. (…) Ser como ellos, los viejos solos que alimentan a las palomnas en el parque, asomar largas horas al balcón las tardes muertas del verano, observar a la gente pasando, ensimismada en sus asuntos, el ceño fruncido, los niños corriendo y llamándose unos a los otros con chillidos, y preguntarse por fin qué había significado todo aquello, qué sentido había tenido cada uno de los días.
    Validivia se atrevía a decir que las aves los reconocían, y que descendían planeando siempre frente al mismo viejo jubilado, el que los había alimentado el día anterior. Quizás se habían acostumbrado a recibir el mismo tipo de pan, o quizás les atraería siempre un mismo olor -desvaído, a humedad o naftalina- de la modesta indumentaria. Tal vez se habían comprometido con un semblante específico, una cierta mirada, un par de manos manchadas y rugosas que abrían el paquete envuelto en papel periódico y lo ofrecían al cielo.

    La piel del alma (1996), Teresa Porzecanski.

    This entry was posted on Viernes, Agosto 6th, 2010 at 13:15 and is filed under Columna Rota, Letras. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
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