• Ese olor a cadáver.

    Yo no sé por qué ocurre aunque, claro, se sospecha. Un autor reconocido muere y entonces da una curiosidad absoluta saber qué cosas ha escrito. Hay que saberlo todo, hay que vaciar de misterio al escritor como si conociendo absolutamente todo lo que ha escrito uno puede llegar a entender parte de su oficio. Y así el cuerpo que no escribe sigue publicando.
    Con Bolaño aparece esta novela póstuma, se dice escrita en 1989, y guardada en un cajón hasta que antes de morir comenzó a corregir. No terminó.
    La novela trata de un joven alemán que regresa al balneario donde antiguamente veraneó con su familia. Esta vez tiene 25 años, una novia, y el placer de los juegos de estrategia que le ha permitido ser el campeón en su país. Udo escribe entonces en su diario las vacaciones para mejorar su escritura. Esto porque escribe artículos acerca del juego para revistas especializadas.
    Ahí entonces surge uno de los aspectos interesantes de esta novela donde Udo conoce a parte de la gente que merodea por ese balneario. La idea del juego, la relación del juego y la vida, y cierto paralelismo en esta obsesión y hobby del juego con la práctica escritural. ¿No es el escritor también un obsesionado?
    Udo se perfila como un huraño y taciturno hombre que se va a la playa a vacacionar para quedarse encerrado en su pieza intentado crear nuevas estrategias de guerra. Las apacibles vacaciones se van a pique y la atmósfera se tensiona. Aparece otro personaje destacado: El Quemado, un posible exiliado latinoamericano que se dedica a ganar unos pesos en la playa. Es una figura extraña, no sólo por su aspecto, que perturba pero que seduce a Udo.
    Rescato lo que me ha parecido interesante, porque al finalizar la lectura siento que en esa novela hay algo que no termina de cuajar bien. En algo falla, comienza a desinflarse. Y entonces me pregunto por qué publicar esta novela que no unirá más adeptos. Tampoco ilustra por qué Bolaño posee su fama, con suerte logra esbozar pinceladas de sus temas y pequeñas luces de su genialidad. ¿Es sólo para llenar la curiosidad de sus fieles?

     

    Una entrecruce de citas.

    Haruki Murakami, por su lado, es también un prolífero autor y, seguramente, es quien mejor se pasea en la cultura popular occidental entre sus pares. De los pocos nipones que he leído, esa es la impresión que me transmiten sus innumerables referencias que hace tanto al jazz, como al beisball, películas gringas y también escritores de lo más variadas nacionalidades y géneros.
    Como bien lo indica su largo título, “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”, publicada en 1985, es la narración en paralelo en dos ambientes. El despiadado país de las maravillas transcurre en un tiempo presente en que cierta información está protegida y su acceso está controlado por El Sistema. El protagonista es parte de los empleados que trabajan con la información y recuerda vagamente a los cowboys cibernéticos de Neuromancer. Lo interesante es que se cruza con un excéntrico científico que tiene su centro de operaciones en cuevas subterráneas (1) y realiza extrañas investigaciones que mezclan la neurolingüística, los sonidos y los unicornios. Sí, unicornios. Entonces, en un texto con guiños futuristas comienza a enredarse una suave tela de tópicos fantásticos y maravillosos. Así, la otra línea de la novela sigue a un hombre que está en un pastoril pero extraño fin del mundo, donde la gente despojada de su sombra vive pasivamente en una ciudadela vigilada por un gigante.
    Admiro los diálogos no impostados de los personajes de Murakami, pareciese que uno escuchara a alguien conversando en la micro. Es una sencillez y una humildad que permite saltar de un tema a otro sin importar los personajes. El informático del primer mundo se ve inmerso en una vorágine de hechos por justamente hacerle el trabajo a este científico. Un pobre diablo que no molesta a nadie, muy distante del arquetipo del héroe pero que inicia sin darse cuenta una travesía que le permitirá conocerse más a sí mismo.
    Con pocos autores, me queda la sensación de desorientación que me provoca Murakami. Con la garganta apretada y la cabeza nublada. O no importa qué, siempre nublada. Una sensación similar a la que me dejó “After Dark” o ciertos cuentos de la antología “Sauce ciego, mujer dormida”. Un vacío como si algo se escapara, que me obliga a recapitular, que pone en jaque mi comprensión lectora. Un vacío que espanta y atrae.

    Notas:
    (1) Paralelamente que leía la novela vi en portada de un diario el hoyo de Guatemala. No me digan que el mundo no está loco.

    This entry was posted on Domingo, Junio 13th, 2010 at 12:00 and is filed under Letras, Textos. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.
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